jueves, 21 de enero de 2010

Cap. 7

¡No Katy! ¡Déjale! ¡Apártate de él! ¡Déjale que sea feliz! Comienzo a sentir como las piernas me tiemblan, como se vuelven débiles, como mi pecho no siente la presión de otras veces. Intento mirarle a la cara pero me tiene abrazada con fuerza. Intento hablarle, pero no puedo, no me salen las palabras. ¡Grita! No puedo hacer nada. Cada vez me encuentro más debil, más lejana de sus brazos. ¿Qué me está pasando?

-¡Katy! ¡Hey¡ ¿Pero que te pasa?- Me abraza a un más fuerte. Siento como mis pies se despegan del suelo y la cabeza empieza a irse de un lado para otro. Noto como su respiración da en mi oreja y sus pequeños susurros son tranquilizadores.- Venga ya está. Mírame. ¿Estás bien?
-Si.- Me ha llevado hasta un banco y me ha acostado en él. Está arrodillado en la nieve y me mira preocupado. No me gusta como me mira. Está muy serio.- Es normal que me pase esto. Cada vez estaré mas debil.
-Con estos días de frío es mejor que no salgas de casa.- Está tiritando. Me levanto. Se sienta a mi lado y me rodea con su brazo por encima de mis hombros. Hace que me apoye en su hombro y que cierre los ojos. Me acaricia el pelo mientras comienza a contarme una especie de historia inventada por él:

-¿Conoces a una chica que se llama Arrada?
-No.- Sonrío.
-Es feo ¿Verdad?- Asiento sin contestarle.- Mmm... ¿Lourdes?
-Es mejor que Arrada.
-Pues esta historia, es la historia de Lourdes. Era una chica normal, como cualquier otra, con los problemas típicos de la edad. Lo que más llamaba la atención de la gente, de ella, era su pelo rubio. Un rubio que casi parecía blanco. Era simpática, amable... pero tenía un secreto. Nadie entendía por qué nunca salía de casa. Nunca se la veía por la calle. Solo en el instituto.- Cambió el tono de voz.- Si quierías verla, tenías que ir al instituto.
-¿Y por qué no salía?
-Tenía miedo.
-¿De qué?
-De que a su pelo rubio le pasara algo.
-¿Y esta historia? ¿Por qué?
-Tú eres mi pelo rubio.
-Sigo sin entender mucho la historia.- ¿De qué me estaba hablando?
-No quiero que te pase nada. Tengo miedo de que cuando estés sola, dando un simple paseo te pase algo como lo de ahora.
-¿Pretendes que no salga?
-Pretendo que estés bien.
-Sin salir.
-Llevando cuidado
-¿Cómo?
-Estando siempre acompañada.
-¿Me compro un perro?- ¡Já! ¡Mi Querido husky! Me separa un poco de él y hace que le mire.
-Quiero estar siempre contigo.
-Siempre es muy poco tiempo... ya lo sabes.- Agacho la cabeza y me apoyo en su pecho.
-Kat...
-¿Sí?
-Moriré contigo.- Me quedo allí sentada. Sin decir nada. No muevo ni una sola célula de mi cuerpo e incluso deseo que el viento no mueva mi pelo. ¿Qué morirá conmigo? ¡LOCO! Pero, ¿Por qué me hace esto? ¿Que intenta?- El silencio es una buena respuesta. Nos saca siempre de todos los apuros y contesta lo que el otro quiere escuchar.
-Pablo, ¿Qué coño estás diciendo? ¡No quiero que mueras! ¡Y mucho menos conmigo! - Me levanto.- ¡Estás loco! Creo que es mejor que dejemos de vernos, de hablarnos. No te sientes más a mi lado en clase.
-Pero...
-¡No!- Ando. Ando otra vez por la nieve. No miro hacia atrás. No. Todo esto tiene que ser una broma de mal gusto. Todo esto no puede ser real. Estoy en un sueño. Voy a despertarme justo ahora. Tengo que despertarme. Por favor. Me detengo delante de aquellas escaleras. Unas escaleras que llegan a un sótano abandonado, cerrado desde hace bastantes años. Y por si no fuera suficiente las últimas palabras de Pablo ahora también lo son las de mi hermano, que aunque ahora está en silencio mientras se traga el humo de aquel cigarro verdoso y mal oliente, dentro de mi lo oigo como me grita que tambien quiere morir.
-¡Katy!
-¡¿Qué haces?!- Le grito desde arriba. Todos sus amigos me miran. Él también.
-¡Maldita sea!- Tira el porro y sube las escaleras corriendo. Tiene los ojos rojos. No solo ha fumado ese porro, seguro se ha metido algo más.- ¡¿Qué haces aquí?!- Grita.
-¡No me grites! ¡Ni si quiera tienes derecho ha gritarme!
-¡Hago lo que me sale de los huevos!- ¿Este es mi hermano? Un escalofrío me pasa por la espalda y un impulso hace que le suelte un bofetón en toda la cara. En ese mismo momento se vuelve contra mi y me pega un puñetazo en el labio que hace que caiga al suelo.

Sin control me propina dos patadas en las costillas mientras escucho las pisadas de sus amigos subiendo por las escaleras y cogiéndole. Le gritan. Uno de ellos se acerca a mi y me toca la frente. También tiene los ojos rojos pero está calmado. Me dice algo pero no llego a escucharle. En mis oidos retumba un sonido profundo y alarmante. Un sonido parecido a los latidos del corazón. Se repite, se repite y cada vez es mas fuerte. Tengo la mano sobre el lado izquierdo de mi costado y me aprieto haciendo que esas punzadas de dolor desaparezcan por segundos. Me encuentro allí tirada en el suelo, sangrando por mi labio partido y con dos costillas rotas. ¿Qué sentido tiene seguir aquí?

"El mundo gira... y no puedes detenerlo.
Inténtalo... morirás en el intento
y tu mundo si dejará de girar."
Mary Morgan

lunes, 18 de enero de 2010

Cap. 6

"No vivimos nunca, sino que esperamos vivir;
y disponiéndonos siempre a ser felices,
es inevitable que no lo seamos nunca."
Blaise Pascal

Y así mis días pasaban. Sus miradas me seguían poniendo nerviosa y esa manera de hablarme era cada vez más tranquilizadora. Como si no quedaran unos cuantos meses para que se acabara todo de golpe. Sus risas contagiosas y aquella broma que hizo de poner todos los cigarros de al revés me hacían sonreir y llorar de la risa. Increibles esas clases jugando al tres en raya y excitantes las tardes corriendo por el parque para que dejara de hecharme fotos.
Lo miro. Está en el otro extremo del banco. Mira las fotos y de vez en cuando sonríe. Ahora ya sé por qué tiene esas dos cicatrices y de donde ha sacado esos ojos tan verdes. Miro la hora. 17:45. ¿Qué importa la hora? Sonrio mirando al cielo. Vuelve a nevar. Click. Un flahs. Una foto. Un recuerdo.

-¡Hey! ¿Qué haces?
-Te he hecho una foto.
-Enseñamela.
-No.
-¿Por qué?
-Quiero que solo seas mía.- Un escalofrío.- Quiero decir, que quiero que esta foto sea solo mía.
-De acuerdo.- Espero que por lo menos haya salido bien.-Asiente sonriente.

Se levanta y me tiende su mano. Me la estrecha con delicadeza y me ayuda a levantarme. Andamos por ese camino de nieve, en mitad del parque. Silencio. Intento pensar algo que decir, pero es inutil. Seguimos andando. Niños que juegan una pelea de bolas de nieve, otros hacen muñecos... y al final del parque ese banco. Ando un poco más deprisa, pero el se para.

-Patri, Lucia, Marta, Ángela y Katy.- Bajo la cabeza.

-Venga Lucia saca el permanente.
-Tachán tachán. ¡Aquí está!- Todas reimos. Marta coge el rotulador y comienza a escribir los nombres.
-Patri, la niña de papá- Se levanta y nos muestra ese último regalo que le ha hecho su padre. Un collar de oro blanco con una pequeña herradura de brillantes. "Para la buena suerte" Le había dicho su padre. Pobre hombre que cree en la buena suerte.- Lucia, la virgen.- No hace nada. Está sentada a mi lado y sonríe tímidamente. Siempre ella. Siempre tímida y callada. Quizás la que más confianza me inspira.- Marta, osea yo, la mmm... ¿guapa y elegante?- Se levanta y da una vuelta sobre sí. Se vuelve a sentar y escribe su nombre. La más atrevida de todas, la que sí sabe sacar su Marta rebelde. No estudia, pero pasa de curso. Se acuesta con todos los que le gustan y todavía no se ha quedado embarazada. ¿Una chica con precauciones? ¡Seguro que tiene arruinados a los de la pastilla del día después!- Ángela, la prometida.- Exacto, la única que tiene novio desde los doce años, siempre han estado juntos y en todo este tiempo nunca han tenido una pelea. Javi es perfecto para ella. Se complementan genial y sus intereses son los mismos. Ángela, la conformista y la idealista. ¿O sería mejor decir Ángela-Javi...?- Y por último Katy, la perfecta.- Sonrío y me levanto. Ando como si estuviera en una pasarela de modelos y vuelvo delante del banco. Doy una vuelta sobre mi misma y al volver a mirarlas les saco la lengua. No soy tan perfecta como ellas creen.

-¿Katy? ¡Estás empanada!
-Oh... perdón Pablo es que me he quedado pensando en una cosa y se me ha ido el santo al cielo.- Le sonrio.
-Venga vamos, te invito a un helado.- Frunzo el ceño.- ¡Es broma! ¿Mejor un chocolate caliente?
-Vamos.

A los pocos pasos de estar andando vuelvo a mirar hacia atrás. Mi banco. Mis tardes. Mis ilusiones. Mis risas. Mis lágrimas. Otra vez las malditas punzadas. Y si... aun que me cueste mucho decirlo... Mis amigas.
Suspiro y lo miro. Él hace lo mismo y me pasa su brazo por la cintura. Me pega a él y yo hago lo mismo. ¿Qué importa ya? Apoyo la cabeza en su hombro y seguimos andando. Nos paramos en aquella avenida llena de tráfico, gente y ruido. Semáforo rojo. No me gusta el rojo. Color intenso. Llamativo. Fogoso. Atrevido. Tan diferente a mi...De repente algo dentro de mi me dice que lo mire y cuando voy ha hablarle me hace un pequeño "ssh". No comprendo nada, solo sé que el ruido desaparece y vuelve a mi ese silencio tan común. Aunque este silencio es mas caluroso. Dulce. Simpático. Quizás algo atrevido, como aquel rojo del semáforo. Un escalofrío al notar como sus labios pierden el contacto con los mios. Abro los ojos. Sonríe. "Sssh".
Nos sentamos en la mesa que está junto a la ventana. Pedimos ese chocolate caliente que me había prometido y seguimos en silencio. Nuestras miradas se cruzan, y mis labios intentan hablarle, pero no me deja. Miro fuera. Dentro de un coche antiguo, herencia seguramente de aquel abuelo que murió hace tiempo, está aquel chico que juega con Diego a futbol y Mariela, la rubia tímida que va en tercero, aun que ahora que la veo mejor, no parece tan tímida. Se besan. Sus manos dentro de las camisetas se mueven rápido. Demasiado. Chocolate. Un sorbo. ¡Ah! ¡Mi lengua! Disimulo. Intento volver ha hablarle pero sigue sin dejarme. Desisto. Es imposible. Me deslizo por el asiento y me subo un poco más la bufanda. Me acomodo el gorro y guardo los guantes dentro del bolsillo. Lo miro. Mira la pantalla que tengo detrás. Un partido de tenis. Aburrido. Miro sus labios un poco manchados por el chocolate. Sonrio, pero de repente me pongo seria.

-¡Maldita sea! ¡Le has besado!- Katy rebelde.
-Ha sido fantástico- Sonrío. Tiene razón.
-¿Qué parte de Nueve Meses no entiendes?
-¡Cállate!
-¿Quieres que lo pase mal?
-¿Y entonces que hacemos?
-Olvidar que existe, pasar de el.
-Pero... es tan mono.
-¡Que mono ni que niño muerto! ¡Olvidadlo las dos!- Si, en mi cuerpo somos tres.
-Kat, quizás tenga razón...
-Si...-Susurro. Me mira. Vuelve a ponerse el dedo índice en los labios. Me levanto y voy hacia la barra. Pago los dos chocolates y salgo de la cafetería rápida. Sin decirle nada. Ando con pasos largos y firmes. Ellas tienen razón, no puedo hacerle esto, ya lo había pensado. ¿Por qué he dejado que llegara tan lejos?

-¡Katy! ¿Pero que te pasa? ¿Es por que no te dejaba hablar?- Corro. El también.
-¡Déjame!- Cruzo por la misma avenida donde me ha besado.
-¡Lo siento! Era para que no pudieras decir nada de...- Cruzo la calle sin mirar. Un coche pasa casi rozándome. Él se detiene.

Vuelvo al parque y dejo de correr. Simplemente ando normal. Miro hacia atrás. No viene. Haré todo lo que pueda para no verlo más fuera del instituto. Si, eso haré. No saldré mucho ni dejaré que me hable en las clases. Hecharé de menos jugar a las tres en raya con él. ¡Cállate! Me detengo. Está delante de mi. Me doy la vuelta y otra vez corro. Esta vez es más rápido que yo y se pone delante de mi cortandome el paso de nuevo.

-Era para que no pudieras decir nada de los nueve meses, ni de que iba a sufrir.- Intento esquivarle pero me coge por el brazo.- Katy, lo que dije aquella primera tarde fue por que no te conocía, pero ahora que lo he hecho...
-¡Sssh! Ahora cállate tú porfavor.- Le susurro.
-No Kat, no. ¡Escúchame! Me da igual sufrir, me da igual lo que pueda decir la gente, lo que pueda pasar...- Intenta abrazarme, pero pongo mis brazos por delante y le empujo un poco por el pecho. Casi sin fuerzas.- Quiero que estos nueve meses sean los mejores de tu vida, y si para eso tengo que sufrir toda la vida, te juro que lo haré.- Otra vez las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos y caigo derrotada por sus palabras. Me hundo en su pecho y me aferro con los brazos a su cintura. Me da un beso en la cabeza y me dice aquellas palabras tan difíciles para mi.- Te quiero

domingo, 17 de enero de 2010

Cap. 5

Llegué al instituto antes de lo normal. Quería subir a lo más alto. Fui por la escalera de emergencia y abrí aquella puerta oxidada.
-Precioso.- La cámara se mueve por culpa del frío. Aparece el flash y durante 5 segundos se queda grabada esa imagen. Ahora se ven mis pies.

Desde allí arriba puedo ver los pisos de alrededor. Un escalofrío. Miro al horizonte, tan lejano. Como eso, como los nueve meses. Aún están lejanos, Katy. Sonrio y mientras vuelvo a cerrar la puerta me froto las manos. Bajo con cuidado para que el coserje no me escuche. Llego a la segunda planta y me quedo parada en la puerta de la clase. Otra vez aparece el flash y la imagen queda cinco segundos. Mi clase. Respiro hondo. Ando hacia la mesa y me siento encima. Oigo sus pasos. Sé que es él. Sus andares que tanto me molestan, sus brazos que se balancean casi sin movilidad. Lo miro por un instante y vuelvo la cabeza a la camara. Paso fotos. Se sienta a mi lado y no dice nada. Su perfume aunque mezclado con la olor del tabaco, inunda todo mi alrededor. Tomo aire. Suspiro. Lo miro para ver si se ha notado demasiado. Él solo mira el suelo. Un piti ahora sería perfecto. Veo las fotos que todavía no he pasado al ordenador. Mis amigas y yo en el parque, en clase, en mi casa, en casa de Patri o esa noche que cenamos es especie de pizza en casa de Lucía.

-Lo siento.- Se levanta y se sienta en la silla. Miro a la pared de enfrente intentando encontrar palabras que expresen lo que siento, por que aunque me duela decirlo, o simplemente pensarlo, comprendo que dijera eso.
-No pasa nada.- ¿Qué mas puedo decirle?
-Si, si que pasa. Lo que menos necesitas ahora es que te recuerden cada segundo que dentro de nuev...- Se calla.- Que te recuerden "eso".
-No importa, nueve meses.- Trago saliva.- Lo que me pasó ayer fue la forma en la que lo dijiste. ¡Maldita sea! ¿En qué estabas pensando?
-No lo sé.
-Hacemos un trato.- Vuelvo la cabeza hacia él. Está serio y tiene las manos cruzadas, apoyadas encima de la mesa.- En el recreo me invitas a un piti.
-Hecho.- Sonrie. Aunque tenga algunas cicatrices, por alguna pelea, caidas con la moto, o quien sabe qué, su sonrisa es perfecta. Dientes blancos y alineados, algo raro para alguien que seguramente fuma diariamente.

Las tres primeras clases fueron pasando entre profesores amargados, cansados, con falta de sueño, insoportables, poco amables a esas horas... Bueno ya me comprendeis perfectamente y sabeis como es un profesor a las ocho de la mañana de cualquier día. Sus miradas mientras escribo, sus roces en mi mano cuando le pasaba la goma o simples sonrisas cuando volvían a mi las dos palabras, causaban un efecto tranquilizador y alentador en mi. ¿Pero que estás haciendo Katy? Me he preguntado a segunda hora, tras simular escuchar al profesor de filosfía y notar durante diez minutos su mirada posada en mi. Mirando cada imperfección, cada gesto, cada suspiro. Entonces lo he mirado y le he preguntado si necesitaba algo, a lo cual me a respondido con un "no" tras una sonrisa. Perfecta.

-¿Y el piti?
-Es cierto, vamos.- Cojo mi cartera y la cuelgo en el hombro. Salgo al pasillo y vuelvo a notar esas miradas. ¿No se cansarán nunca? Y las veo a Ellas. Pero las Ellas enemigas, no las Ellas amigas. "Amigas". Eran esas chicas indeseables pero perfectas que todo el mundo quería tener o como amigas o como novias. Siempre se reían de nosotras y nos ponían en ridículo. Ahora ni si quiera se atreven ha hacer un mal gesto a "esta pobre moribunda". Les sonrio. Bajan la mirada todas menos ella, menos Helena. Me mantiene la mirada. Intrusa en todo, mal educada, creida y sinceramente ridícula. Sé todo de su vida, pero no quiero joderla como solía hacer ella. No, ahora no. Hay personas que a causa de saber cuanto les quedan de vida, piensan en molestar, joder, o ridiculizar a esos que lo han hecho con ellos, pero yo no voy a ser de esa clase de personas.

-Sírvete tú misma.- Me tiende un paquete de Marlboro.
-Gracias.- Cojo uno. Le sonrio y le cojo el paquete. Es algo que siempre hago, que me hace reir. Me mira extrañado. Cojo otro y le doy la vuelta mientras pido un deseo.- Este que está de alrevés será el último que te fumarás y así el deseo que he pedido por ti se te cumplirá.
-¿Que frikada no?
-¡NO! Eso es sagrado hacerlo cuando empiezas un paquete.- Me sonrie. Le doy una calada y hecho el humo. La cabeza se me queda como vacía y siento esa sensación de mareo y de estar en una nube. Poco a poco me apoyo en la verja y me siento en el muro. Mira para todos lados y de repente sonrie y me mira a mi.¿Qué pensará?
-Estaba pensando...- ¡Já!- ¿Que deseo has pedido?
-Si alguna vez, en este tiempo se cumple, te lo diré.
-Eso quiere decir que también es contigo.- Levanta las cejas.
-Eso quiere decir que te lo diré en su momento.- Tiro la colilla al suelo y la pisoteo hasta que se apaga. Otra costumbre tonta.
-¡Pero si ya está apagado, deja de darle patadas!
-Piti mal apagado...polvo mal hechado.- ¡Ups! Me sonrojo. No tenía que haber dicho eso. ¡Que verguenza!
-Jajaja... es es buena.- Me tranquilizo. A lo lejos veo llegarlas a ellas. Seguro han ido a casa de Marta, como solíamos hacer todos los recreos. Se acercan.- ¿Son tus amigas?
-Ex amigas.
-Am- Las mira, igual que hago yo, mientras entran por la puerta y casi ni me miran.- ¿Por "eso"?
-Si, pero es una larga historia.- Se mira el reloj.
-Tenemos veinte minutos aún.- Se sienta a mi lado y se pega a mi. Se pega mucho a mi. Su hombro y el mio se están tocando. ¡No Katy! ¡Maldita sea! ¡No le hagas sufrir!

Mientras le cuento toda la historia detallada, me mira a los ojos y de vez en cuando a los labios. Me desconcierta que haga eso y aún más que se muerda su labio inferior. Andamos por el pasillo dirección a la siguiente clase. Solo espero que el deseo se te haga realidad. Me sonrie. Perfecta sonrisa.

Cap. 4

Estoy sentada en mi cama. Miro a mi alrededor. Simples cosas que antes me hacian feliz, o quizás no feliz. No, no es la palabra perfecta, me complacian durante un rato. Una televisión, un ordenador y algo que sobre sale de debajo del teclado del ordenador. Me levanto. Cojo ese folio y me siento en la silla. Es la letra de mi hermana. Antes de leer miro por la ventana. La nieve sigue inundándolo todo. Antes me molestaba, pero ahora no. Solo por pensar que no pasaré otro invierno más y que no volveré a ver la nieve realmente me gusta. Es preciosa, bonita, elegante. Vuelvo a mirar el folio.

" *Tienes razón, todo pasa por algo.

Mi querida hermanita pequeña:

Quien sabe cuando leas esto, a que hora o en qué lugar. No importa, aunque el tiempo para ti ahora es importante, da igual cuando lo leas, lo importante es que sepas lo que te quiero decir.

Fuiste la pequeña, la mimada por papá y mamá. Fuiste una pequeña flor que ha ido creciendo hasta convertirse en una mujer. Fuiste mi muro donde gritar cuando tenía que desahogarme, igual que fuiste ese hombro que me consoló cuando lloraba. Fuiste siempre la sonrisa que todos querían mirar, los ojos grises en los que cualquiera podría perderse, los labios que no gritaban, no decían nada malo y respondían con cuidado para no herir. Fuiste la esponja que absorvia los problemas de los demás y que nunca se ha descargado.

Te escribo esto tras pensar mucho en si te podrían herir mis palabras, en si sería justo escribirte esto, pero creo que es lo mejor.

Ahora quiero que todo sea al revés, que tu llores en mi hombro, te desahoges gritandome si así te vas a sentir mejor. Quiero que sonrías pero no para los demás, sonrie para ti y sobre todo, pequeña mia, libérate. Es tu oportunidad. Debes dejar salir ese tú del que me has hablado tantas veces, ese tú rebelde, ese tú que quiere gritarles a todos el daño que le hacen, Pequeña, no te ocultes más, no seas la esponja de siempre, deja que se vacie poco a poco, deja que tus días sean como quieres, como esperas, no te hundas, no estás sola, estoy contigo.

Y aunque ahora se que no puedes pensar en eso, cuando te sumerjas en tu mundo ¡PIÉNSALO! Te darás cuenta de que mis palabras son ciertas y que debes darle una vuelta al mundo y ponerlo de tu modo.

Sobretodo, Sonrie, no estás sola, Recuérdalo.

Anna."

Dejo el folio sobre la mesa y salgo al pasillo. No escucho nada, pero sé donde está ella. Entro en su habitación y la veo allí con un libro de Biología entre sus manos. Ella sí está sumerjida en su mundo, ni si quiera se ha dado cuenta de que he entrado. Baja el libro. Me mira sin ninguna expresión en la cara. Sus ojos están cansados, tiene ojeras. Sus labios no tienen color y en su cuello se nota que ha adelgazado. No me habla. Yo tampoco a ella. La cojo de la mano y la hago levantarse. Caminamos hacia el pasillo otra vez. Entramos en la habitación de Diego. Simplemente mira por la ventana, aunque tiene la pantalla del ordenador encendida. Se da la vuelta y nos mira. Tampoco dice nada. Desde fuera la situación sería siniestra, pero ninguno necesita hablar. Salimos al jardín. Hace frío. De repente deja de nevar. ¿Ha sido casualidad?

-¡Aaaaaaah!- Diego me coje por la cintura, me sube en su hombro y comienza a correr por el jardín.- ¡Anna!- La veo sonreir.
-¡No vale! ¡Ella es la pequeña! ¡Puedes con ella!- Sonreimos. Reimos. Se escuchan carcajadas.
-¡También puedo contigo!- La coje por el brazo y comienzan a correr.

Y mientras nos tiramos bolas de nieve, y nos revolcamos por ese frío, me olvido de todo. Nada de nueve meses, nada de problemas, de chicos que dicen cosas sin pensar, de chicas que ni si quiera dicen nada. Sonrisas. Ella, sonrie. Por momentos creo que esas ojeras de debajo de sus ojos han desaparecido. No están cansados. Él, sonríe. Sus ojos expresan cariño, no están frustrados, ni necesitan ocultarse tras esa capa roja. Y mis ojos, no sé que expresan, pero lo que sí tengo claro es que Anna tiene razón. Voy a sonreir. Por ellos, por ellas, por mi. Por Katy.

Cap. 3

Miro a mi alrededor y no conozco nada. Las casas de mi alrededor son silenciosas y frías. Da la sensación de que están vacias pero las luces del interior los delatan. ¡Malditas ellas! Han hecho que me pierda. ¿No tenían otro sitio por donde ir? Ando silenciosamente pero rápida.

-No Katy, no tienen la culpa.
-¡Sí! ¡Sí que la tienen! Tus amiguitas nos abandonaron.- Las hechaba de menos.
-Entiendelas...- Esta es mi yo tranquila, la que se expone dentro y fuera de mi. La comprensiva y la pacífica.
-¡¿Qué hay que entender?!- Y esta es mi yo rebelde. Nunca la he dejado salir y por eso se siente frustrada y contra el mundo. No es nada comprensiva y siempre está de peleas con mi yo tranquila.
-A ellas... en el fondo están arrepentidas.
-¡No! ¡Me niego!
-Intenta hablar con ellas...
-¡¡BLABLABLA!!- Odio cuando se pone así de niña.
-¡Déjame hablar!- Oh, oh.
-¡SI SOLO DICES GILIPOLLECES!

Y se gritan, y se gritan, y se gritan...

-¡PARA!- Y ese es uno de los finales más comunes. Se gritan de golpe y se callan por unos instantes para volver a la carga con conversaciones más normales. Mientras las escuchaba he seguido andando por la calle blanca, por culpa de la nieve. Nueve meses. No puedo alejar esas dos palabras de mi mente, por mucho que lo intente. Díos pero ¿por qué a mi? Nunca he hecho daño a nadie como para que me merezca algo así. He intentado ser buena persona, he estudiado y he sido comprensible con todos. Es una forma muy cruel pagar cualquier error que haya cometido con...La Muerte. Y sin previo aviso me quedo inmovil al llegar al final de la calle. Mis dos yo se esfuman como hacen siempre, como han hecho todos. Respiro hondo y cieerro los ojos con fuerza. Solo espero que cuando los habra no esté ahí. Los abro. Un cementerio, un miserable cementerio. Me doy la vuelta y vuelvo a andar sin mirar atrás, diciendome a mi misma que ha sido casualidad llegar hasta allí. De repente vuelvo a ir sin rumbo, caminando por la misma calle de la que no sé salir. ¡Mierda! Está empezando a nevar. Sigo caminando un lugar donde poder meterme y no mojarme. El portal de unos pisos. Me siento sobre el suelo helado y miro hacia la calle. Son copos pequeños que cuando llegan al suelo no pueden casi cuajarse. No llegan a tener una vida larga, no dejan que otros al pasar la tormenta puedan salir y divertirse con ella. Ni si quiera dejan tiempo para que los puedan mirar y sonreir. ¡Olvídalo! Cierro los ojos y apoyo la cabeza sobre la pared. También está fría.

-Merezco una explicación.- Los abro. Pablo. ¿Qué hace el aquí? ¡Vivirá aquí, tonta!
-Yo... lo siento.- Me levanto y salgo del portal.
-Podrías haberme avisado.- Me paro. Lo miro por encima de mi hombro. Lleva la misma ropa de esta mañana y se refugia en su portal. Está serio y no consigue dejar de mirarme.
-No quería que sintieras pena...- ¡MENTIRA! ¡No quería estar sola!
-Si tú me dejas podría ayudarte.
-¿Ayudarme?
-A no estar sola, a no dar pena a los demás- Sonrie un poco.- Puedes hablar conmigo, desahogarte...
-Mejor no.- Está mas cerca de mi. Puedo ver esa pequeña cicatriz encima de su ceja y sus dientes detrás de aquellos labios entre abiertos.
-¡Si! Ya verás, seremos el club de los solitarios.- Pone cara de pensativo.- mmm.... seremos los presidentes, hablaremos con el ayuntamiento y lo tendrán que aceptar.
-Oye, no tengo tiempo de seguir hablando contigo- Por favor, no me lo hagas mas dificil...Sufrirías.- Me esperan.
-¿De qué tienes miedo?- ¡Katy! ¡Katy rebelde! ¡Ayudame!
-Sufrirías...- ¿Me habrá escuchado? ¿Ves Katy rebelde? No eres tan atrevida como dices. Lo miro a los ojos. Verdes. No me gusta ese color, pero en sus ojos queda genial. Inspiran confianza.
-¿Crees que podría pillarme por ti?- Agacho la cabeza avergonzada. No le contesto. Oigo su carcajada.- ¡Venga ya! Si dentro de nuev...-¡¿Cómo?! Me doy la vuelta. ¡Si! ¡Dentro de nueve meses me muero! ¡No hace falta que sigas recordándomelo tú! Me vuelvo a dar la vuelta para mirarle mientras que sigo andando de espaldas.
-¡HIJO DE PUTA!- Corro. Por fin consigo salir de esa calle en la que me he sentido prisionera. El aire frío me da en los ojos y hace que se me derramen las lágrimas ¿O estoy llorando? Da igual. Y tras llevar diez minutos corriendo me doy cuenta que estoy a una calle de mi casa. Paro. Apoyo las manos en mis rodillas y respiro hondo. Sigo andando. A parado de nevar. Mientras cruzo la última calle recuerdo sus palabras. ¿Cómo ha podido decir eso? Seguro que hará una canción contando la anécdota. Allí a lo lejos, mi casa. En la puerta, Diego está quitando la nieve con esa escoba vieja que no soporta mi madre. A mi tampoco me gusta.

-¿Qué te pasa?- Me tiene cogida del brazo.
-Nada
-Tienes los ojos rojos ¿Has llorado?- Se ha dado cuenta.
-Ha sido por el aire.
-Katy ¿Qué te ha pasado?
-¡Maldita sea Diego! ¿Y tú por qué los tienes rojos? ¡Eh!- Me suelta. Se ha quedado inmóvil. Me susurra algo que no llego a entender muy bien. Comienzo a andar pero cuando voy a dar el siguiente paso me vuelvo hacia él. Mira al suelo y tiene la cara seria. Camino hacia a él y me quedo a pocos centímetros de tocarlo.
-Yo...- Pongo mi dedo índice en sus labios y le hago callar. Le abrazo con fuerza. Sé que me hechará de menos. Nunca ha sido bueno para contar sus sentimientos a cualquiera y yo era una de sus confidentes.
-No me lo hagas mas dificil, por favor.- Consigo susurrarle. Noto como mueve la cabeza asintiendo. Me apoyo en su hombro y comienzo a llorar. Ninguno dice nada, pero lo noto. Noto como él también llora, escucho su respiración más fuerte y como se sorbe la nariz. Nunca había sentido que lo quería tanto como en ese momento, y quizás él no había sentido nunca, desde aquel día, que me iba a perder de verdad. Miro hacia el cielo por encima de su hombro. Vuelve a nevar.

Cap. 2

Entro en la casa. El mismo ruido de siempre. Ninguno. La llamo. No contesta. Lo llamo. Tampoco. Trabajan, duermen o lloran en cualquier rincón de la casa. Me siento mal al pensar eso, todos están sufriendo por mi culpa. Han pasado las peores navidades gracias a mi. Justo el día antes de nochebuena, en el médico.

-Katy, ¿cómo te encuentras?- El médico me miracon cara de pena. Está serio. Sus labios se mueven despacio, tranquilos y sus ojos no miran otra cosa que no sea yo. Me pone nerviosa que me mire.
-Bien.- Mi madre me coge de la mano. Entrelazo mis dedos con los suyos. Eso me tranquiliza. La miro, le sonrio. Sonrie nerviosa y vuelve a mirar al médico.
-Hemos hecho pruebas más definitivas, han tardado un poco, pero ya están aquí.- Por un momento creo ver que su labio inferior tiembla. No. Me lo he imaginado.- Tienes una enfermedad que con tratamiento se puede curar.- Agacha la cabeza. No entiendo que pasa. Me inquieto. Me muevo en la silla intentándo acomodarme, pero es imposible.- Tienes leucemia.- Si. Ella si tiembla. La miro. Lo miro.- Cáncer en la médula osea.- Suelto la mano de mi madre brúscamente. Me hacía daño. Cáncer. Cáncer. Cáncer.- Pero...está muy avanzado. No se puede hacer nada. Lo siento.

Mi corazón empieza a dar golpes muy fuertes contra mi pecho. No va rápido ni lento, pero está furioso. Me dá contra el pecho. Me hace daño. Parece que me están perforando la cabeza. Cáncer.

-¿Cuánto?.- Consigo decir
-Nueve meses, posiblemente un poco menos.

Apoyo la espalda en la silla. Miro hacia la izquierda para no ver a mi madre. Grita. Hay un armario blanco con muchos medicamentos. Buena idea. El suicidio. ¡Mierda! Está cerrado con llave. Llora. Niega con la cabeza mirando al médico. Me levanto y cojo el bolso. Salgo al pasillo del hospital. Aún escucho los gritos de mi madre. Salgo fuera. Ya no nieva. Ando hacia cualquier lugar. Ahí. Un parque donde tantas tardes me he sentado con mis amigas para no hacer nada. No hay nadie. Me siento frente a nuestro banco. No quiero sentarme en ese. Quiero que ese banco sea el de los buenos momentos y si no es para pasar un buen momento, no me sentaré en él. Miro al cielo. Nubes grises. Aún va a nevar más. Y de repente noto a esa indeseable que va seguida de más. Odio como camina despacio, como disfruta de su paseo con esos andares rectos. Sabe donde quiere llegar. Todas saben donde quieren llegar. Recorren el camino de mis mejillas. Primero salen lentas desde mis ojos y luego rápido hasta perderse en mis labios o caer de mi barbilla encima del abrigo. Lágrimas. Las noto. Me derrumbo

-¿Mamá?- Pregunto al aire. No está en la cocina, ni en el salón. Primer piso. Ni en las habitaciones. Tampoco en el despacho.

Entro en mi habitación y me tiro sobre la cama. Miro las estrellas que hay pegadas en el techo. Alzo la mano como si las estuviera tocando. Imposible. Oigo sus voces.

-¿Katy?- No contesto. Abre la puerta.- Estás aquí

Si, estoy aquí, me gustaría decirle, pero no sé por cuanto. Prefiero no decirle nada. Mi hermana. Tranquila, amable, agraciada. Anna. Sincera, estudiosa, tímida. No le digo nada. Se sienta sobre la cama silenciosa. Me pongo recta y flexiono las rodillas apoyando la cabeza sobre ellas. Está mirando algo. Sí. Sus ojos azules están mirando la foto que hay sobre el escritorio. Ella y yo. Felices, sin problemas, sonrientes. Una foto de este mismo verano.

-Mamá no está. Comeremos los tres solos.- Se levanta. Antes de llegar a la puerta se da la vuelta y me mira.- Te esperamos abajo.- Asiento. Cierra con cuidado.

Anna, siempre tan delicada. Mientras me levanto pienso en cada uno de ellos. Anna se ha encerrado en su mundo de estudios, no sale, no ve la televisión, ni si quiera mira el ordenador. Solo estudia. Diego sale, entra, nadie le dice nada, ni le ponen pegas sobre la hora en la que llega. Se está empezando ha meter en malos royos. Tendré que hablar con él. Suspiro. Papá no sale de su oficina. Casi no lo veo y mamá...mamá llora por todos los rincones de la casa.

Bajo las escaleras y llego hasta la cocina. Me siento enfrente de mi hermano que me sonrie. Le sonrio. Está más delgado, tiene ojeras y sus ojos están rojos. ¿Solo es falta de sueño? Tortilla de patatas. Mamá sabe mis gustos.

-¿Dónde está?
-Con la tita, han ido a comprar.
-Bien.- Mi hermana también está mas delgada y algo pálida ¿una vampira? Aún me queda sentido del humor. Le falta un poco de sal. No digo nada.
-Katy ¿tienes mi mp4?
-No, se lo dejé a Anna.- Ella asiente. Mis hermanos se miran por un instante y siguen comiendo. En silencio.

Por un momento imagino tener el mp4 de mi hermano enchufado. Imagino ser la chica de aquella historia que leí. Historia de Sumers. Ash tirada en su cama con los auriculares puestos y la música tan fuerte que no puede pensar. Termino de comer y recojo el plato. Lo meto en el lavavajillas.

-Iré a dar una vuelta.- Salgo de la cocina. Antes de salir a la calle compruebo que llevo las llaves y el móvil. Cierro la puerta. Mientras ando calle a abajo llega a mi el recuerdo de aquel chico nuevo. Pablo. Habrá "flipado" un poco. Cuando me ha preguntado no le he dicho que era yo. Ni si quiera lo he mirado cuando he salido de la clase. Respiro profundamente y suelto el aire. Qué bien me he sentido esta mañana. Están allí. Las veo. Van por la misma acera que yo. ¿No teníais otro sitio por donde ir? Se dan cuenta. Sigo andando, no me paro. Ellas si. No saben que hacer. Se miran unas a otras. Paso por su lado sin mirarlas. No dicen nada. Yo tampoco. Ellas. Mis amigas, las mismas que me han dejado tirada cuando más las necesitaba. Una punzada. Me dan ganas de darme la vuelta y gritarles, pero decido seguir andando y perderme por las calles. Otra punzada. Cuando no sabíamos que hacer andábamos por las calles e intentábamos perdernos. Nunca lo conseguíamos. Miro hacia atrás. Ya no están.

-¿Que tienes qué?- Lucía
-¿Leucemia?- Marta.
-Es imposible Katy.- Ángela.
-¿No se puede hacer nada?.- Patricia.

Fueron unas de las últimas palabras que escuché de ellas. Después de eso, zas, desaparecieron como por arte de magia.

Lo había conseguido. Por pensar en ellas había conseguido perderme y no saber ni donde estaba. Sonreí. Luego me puse seria. No había nadie con quien celebrarlo. Estaba sola y la calle como no...en silencio.

Cap. 1

"Y te lo repiten... Nueve meses. Te lo gritas tu misma constantemente en tu cabeza... Nueve meses."

Camino por ese pasillo dentro del propio pasillo. Un pasillo humano que me mira, que cuchichea. Personas sorprendidas, personas a las que doy pena y otros que están siendo informados en estos momentos de la gran noticia. Ojos que se clavan en mi como pequeños alfileres por el cuerpo.
Ni si quiera cuando paso al lado de ellas sonríen. Ni de ellas. Ellas no son capaces de mirarme. Sigo andando.

-¿El mundo tiene realmente corazón?- Me pregunto al entrar en la clase de Literatura.

Me siento junto a la ventana y miro fuera. Nieva, como todos los días de esta navidad pasada. La más triste, la mas silenciosa. Oigo los pasos y miro hacia la puerta. Cuando se dan cuentan dejan de mirarme, para hacerlo desde el rabillo del ojo. Y ellas, todas sentadas a mi alrededor. Ninguna conmigo.

-El cáncer no es una enfermedad contagiosa.- Pienso.

Las miro mientras se sientan. Los miro a todos. Silencio. Es la primera vez que están así sin tener un profesor delante. Desde ese día todo a mi alrededor es silencioso. Vuelvo a mirar la nieva. Un perro corre por encima de ella dando saltos. Divertido. Simpático. Siempre he querido tener un perro. Un husky. Nunca aceptaron. Ahora sería el momento justo. Lo pienso mejor viendo a aquel cachorro alejarse. También el sufriría.

-¡Buenos días!- Dice el profesor al entrar. Sonrie.Deja su chaqueta sobre la silla y apoya su maletín en la mesa. De el saca un libro. Romeo y Julieta. Ilusos. Nos mira. Los mira.- ¿Qué pasa? ¿Se ha muerto alguien?- Todos me miran. Esperan una reacción por mi parte. Solo ha sido una pregunta retórica. El profesor sigue sus miradas y posa los ojos en mi. Asiente.- ¿Qué tal Katy?- Me encanta ese profesor. Miro fuera. Él sonrie.
-Está nevando.- Le contesto sin dejar de mirar las huellas que ha dejado el perro. Se apoya sobre la mesa y deja el libro en ella.
-Estupendo.- Dice mientras hace un espaviemto.- La muerte.- Mueve todo el cuerpo.- Que escalofrío da ¿Verdad chicos?- Se miran a otros. No lo entienden. Nunca lo han hecho. Algunos han sacado el mismo libro de lectura.- Hoy no leeremos, hoy charlaremos.- Se levanta y anda de un lado para otro siguiendo una línea.- ¿Habeis visto?- Me señala con su dedo índice.- No me ha mordido. No me ha pegado un cáncer. No me va a caer una maldición encima.- Silencio. Siempre silencio.- No se ha molestado.- Llaman a la puerta. La abren. Un chico entra y el profesor lo mira de arriba a abajo. Va vestido con unos vaqueros anchos, con la camiseta debajo de sus caderas y unas zapatillas demasiado grandes.- No damos clases de break dance.- Lo mira confundido.- Era una broma ¿Pablo?- Asiente.- Te puedes sentar allí, junto a Katy.

Se acerca como tambaleándose. Nunca me han gustado esos andares. Parece que les pesa el cuerpo y que como brazos tienen plumas. Se sienta. Me observa.Mira mis manos, mi pelo, mis ojos, mis labios. Observa incluso el lunar de mi mejilla. Lo miro. Agacha la cabeza y luego mira al profesor.

-Vuestra compañera aún está aquí, aún vive, aún siente.- Contínua.
-¿De quien habla?- Está inclinado hacia mi.
-De una que se va a morir.- Le contesto con un tono de voz normal. Se acomoda en su sitio.
-Que putada.

Miro otra vez la nieve. Que bonita. Me encantaría revolcarme en ella, levantarme, correr y volver a tirarme sobre ella.

-Si.- Ahora lo observo yo a él. Tiene los ojos verdes y no muy grandes. Una nariz grande, pero no fea. Sus labios son gruesos aunq ue quedan bien con sus facciones. Tiene una pequeña señal en el cuello y varios lunares dispersos por toda la cara. Encima de la ceja, Al lado de la nariz. Incluso podría decir que esa pequeña mancha en el labio superior es otro. Me mira. Le aguanto la mirada. Me gustan sus ojos. Sonríe. ¿De qué se ríe?

-Pedro... Paco...- Susurra el profesor.- ¡Pablo!- Deja de mirarme.- ¿Qué es para ti la muerte?- Lo miro. Mira hacia arriba simulando que piensa. Imagino saber que piensa hacia esa pregunta. Solo se me ocurre la letra de aquella canción de rap que escuché hace tiempo <<...respiro todo el aire en el que bailan los colores, llenando hasta el último rincón de mis pulmones...>>. No tiene que ver nada con la muerte pero me recuerda a ella. ¿De quién era esa canción?
-La muerte...- Está dudando. No sabe quien es la chica que va a morir. Le da miedo quedar mal. Me lo imagino cantando aquella canción, como si para él esa fuera la descripción de muerte.- ...Pues cuando ya no sientes nada, pero vas a empezar otro camino.- Sonrie. Ha salido del paso. El profesor le sonríe.
-Katy, ¿qué es para ti la muerte?- Respiro profundamente.
-Ni mucho menos un paseo. El paseo es lo previo a la muerte. La muerte es el fin.- Los miro a todos. Algunos me miran. Ellas si. Ellas no.- Algo que más tarde o más temprano nos va a llegar a todos, tanto si te dicen que te quedan nueve meses como si te dicen que te quedan setenta años.- El profesor sonrie. Lo miro. Sabe donde quiero llegar. El y yo siempre nos hemos entendido bien. Su asignatura me gusta, me apasiona y él lo sabe.- Pero unos idiotas como vosotros no llegaríais a entender eso. Me quedan nueve meses pero todavía vivo, a vosotros quizás setenta, ochenta años...¡Qué se yo! ¿Y por eso todo el mundo os va a dar de lado?- Los miro a todos furiosa. Los pocos que se atreven a mirarme lo hacen con cara de pena, como si me entendieran. Más furiosa.- Pero ahora, por que os haya dicho esto no quiero que me hableis, quiero que madureis ya de una vez y que os comporteis como adultos ante un problema así.- Miro el reloj. Casi es la hora. Me levanto, cojo la cartera y me la pongo sobre el hombro.- Por que si esto es duro para alguno de vosotros, para mi es aún más.

Ando decidida hacia la puerta. El profesor comienza a aplaudir. Sonrio. Necesitaba desahogarme. Aún habiéndoles dicho eso se comportarán igua. Salgo al pasillo y corro. No pienso, solo corro. Veo la pared del fondo. La esquivo, voy hacia la derecha. Abro la puerta y cojo aire. Ese aire frio que me hace daño dentro de la nariz. Me tiro sobre la nieve. Está fría. Como yo