Miro a mi alrededor y no conozco nada. Las casas de mi alrededor son silenciosas y frías. Da la sensación de que están vacias pero las luces del interior los delatan. ¡Malditas ellas! Han hecho que me pierda. ¿No tenían otro sitio por donde ir? Ando silenciosamente pero rápida.
-No Katy, no tienen la culpa.
-¡Sí! ¡Sí que la tienen! Tus amiguitas nos abandonaron.- Las hechaba de menos.
-Entiendelas...- Esta es mi yo tranquila, la que se expone dentro y fuera de mi. La comprensiva y la pacífica.
-¡¿Qué hay que entender?!- Y esta es mi yo rebelde. Nunca la he dejado salir y por eso se siente frustrada y contra el mundo. No es nada comprensiva y siempre está de peleas con mi yo tranquila.
-A ellas... en el fondo están arrepentidas.
-¡No! ¡Me niego!
-Intenta hablar con ellas...
-¡¡BLABLABLA!!- Odio cuando se pone así de niña.
-¡Déjame hablar!- Oh, oh.
-¡SI SOLO DICES GILIPOLLECES!
Y se gritan, y se gritan, y se gritan...
-¡PARA!- Y ese es uno de los finales más comunes. Se gritan de golpe y se callan por unos instantes para volver a la carga con conversaciones más normales. Mientras las escuchaba he seguido andando por la calle blanca, por culpa de la nieve. Nueve meses. No puedo alejar esas dos palabras de mi mente, por mucho que lo intente. Díos pero ¿por qué a mi? Nunca he hecho daño a nadie como para que me merezca algo así. He intentado ser buena persona, he estudiado y he sido comprensible con todos. Es una forma muy cruel pagar cualquier error que haya cometido con...La Muerte. Y sin previo aviso me quedo inmovil al llegar al final de la calle. Mis dos yo se esfuman como hacen siempre, como han hecho todos. Respiro hondo y cieerro los ojos con fuerza. Solo espero que cuando los habra no esté ahí. Los abro. Un cementerio, un miserable cementerio. Me doy la vuelta y vuelvo a andar sin mirar atrás, diciendome a mi misma que ha sido casualidad llegar hasta allí. De repente vuelvo a ir sin rumbo, caminando por la misma calle de la que no sé salir. ¡Mierda! Está empezando a nevar. Sigo caminando un lugar donde poder meterme y no mojarme. El portal de unos pisos. Me siento sobre el suelo helado y miro hacia la calle. Son copos pequeños que cuando llegan al suelo no pueden casi cuajarse. No llegan a tener una vida larga, no dejan que otros al pasar la tormenta puedan salir y divertirse con ella. Ni si quiera dejan tiempo para que los puedan mirar y sonreir. ¡Olvídalo! Cierro los ojos y apoyo la cabeza sobre la pared. También está fría.
-Merezco una explicación.- Los abro. Pablo. ¿Qué hace el aquí? ¡Vivirá aquí, tonta!
-Yo... lo siento.- Me levanto y salgo del portal.
-Podrías haberme avisado.- Me paro. Lo miro por encima de mi hombro. Lleva la misma ropa de esta mañana y se refugia en su portal. Está serio y no consigue dejar de mirarme.
-No quería que sintieras pena...- ¡MENTIRA! ¡No quería estar sola!
-Si tú me dejas podría ayudarte.
-¿Ayudarme?
-A no estar sola, a no dar pena a los demás- Sonrie un poco.- Puedes hablar conmigo, desahogarte...
-Mejor no.- Está mas cerca de mi. Puedo ver esa pequeña cicatriz encima de su ceja y sus dientes detrás de aquellos labios entre abiertos.
-¡Si! Ya verás, seremos el club de los solitarios.- Pone cara de pensativo.- mmm.... seremos los presidentes, hablaremos con el ayuntamiento y lo tendrán que aceptar.
-Oye, no tengo tiempo de seguir hablando contigo- Por favor, no me lo hagas mas dificil...Sufrirías.- Me esperan.
-¿De qué tienes miedo?- ¡Katy! ¡Katy rebelde! ¡Ayudame!
-Sufrirías...- ¿Me habrá escuchado? ¿Ves Katy rebelde? No eres tan atrevida como dices. Lo miro a los ojos. Verdes. No me gusta ese color, pero en sus ojos queda genial. Inspiran confianza.
-¿Crees que podría pillarme por ti?- Agacho la cabeza avergonzada. No le contesto. Oigo su carcajada.- ¡Venga ya! Si dentro de nuev...-¡¿Cómo?! Me doy la vuelta. ¡Si! ¡Dentro de nueve meses me muero! ¡No hace falta que sigas recordándomelo tú! Me vuelvo a dar la vuelta para mirarle mientras que sigo andando de espaldas.
-¡HIJO DE PUTA!- Corro. Por fin consigo salir de esa calle en la que me he sentido prisionera. El aire frío me da en los ojos y hace que se me derramen las lágrimas ¿O estoy llorando? Da igual. Y tras llevar diez minutos corriendo me doy cuenta que estoy a una calle de mi casa. Paro. Apoyo las manos en mis rodillas y respiro hondo. Sigo andando. A parado de nevar. Mientras cruzo la última calle recuerdo sus palabras. ¿Cómo ha podido decir eso? Seguro que hará una canción contando la anécdota. Allí a lo lejos, mi casa. En la puerta, Diego está quitando la nieve con esa escoba vieja que no soporta mi madre. A mi tampoco me gusta.
-¿Qué te pasa?- Me tiene cogida del brazo.
-Nada
-Tienes los ojos rojos ¿Has llorado?- Se ha dado cuenta.
-Ha sido por el aire.
-Katy ¿Qué te ha pasado?
-¡Maldita sea Diego! ¿Y tú por qué los tienes rojos? ¡Eh!- Me suelta. Se ha quedado inmóvil. Me susurra algo que no llego a entender muy bien. Comienzo a andar pero cuando voy a dar el siguiente paso me vuelvo hacia él. Mira al suelo y tiene la cara seria. Camino hacia a él y me quedo a pocos centímetros de tocarlo.
-Yo...- Pongo mi dedo índice en sus labios y le hago callar. Le abrazo con fuerza. Sé que me hechará de menos. Nunca ha sido bueno para contar sus sentimientos a cualquiera y yo era una de sus confidentes.
-No me lo hagas mas dificil, por favor.- Consigo susurrarle. Noto como mueve la cabeza asintiendo. Me apoyo en su hombro y comienzo a llorar. Ninguno dice nada, pero lo noto. Noto como él también llora, escucho su respiración más fuerte y como se sorbe la nariz. Nunca había sentido que lo quería tanto como en ese momento, y quizás él no había sentido nunca, desde aquel día, que me iba a perder de verdad. Miro hacia el cielo por encima de su hombro. Vuelve a nevar.
domingo, 17 de enero de 2010
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